lunes, 6 de octubre de 2008

01

 Marina está sola desayunando en la cocina. La casa está silenciosa y tranquila. Luis ya se ha ido a trabajar cerrando la puerta  tras de sí. El sonido de esa puerta al cerrarse es la señal para Marina, que permanece en la cama tapada con el edredón hasta la barbilla, para levantarse.

Cada día se despierta con el sonido del despertador de Luis y se arrebuja aún más entre las sábanas. Escucha quieta todos los sonidos matutinos de él. Primero el chorro de su orina al estrellarse contra el váter, luego el agua de la ducha al estrellarse contra su cuerpo, después el sonido de la cuchilla de afeitar golpeando sobre el lavabo. 

Luis se viste en silencio, casi a oscuras, procurando no despertar a Marina a la que cree dormida.

Cada mañana él le besa la frente y ella se deja hacer con los ojos muy cerrados y apretando fuerte el edredón sobre su cuerpo por si a él se le ocurre besar algo más.

A continuación le oye trastear en la cocina preparándose el café. En ese momento Marina se permite abrir los ojos y mirar la hora en el reloj de la mesilla. Ya casi es la hora, pero aún tiene que esperar unos minutos. Se oye el ruido de la puerta de la casa al cerrarse. Luis se ha ido a trabajar y se ha dejado en casa la pesada presencia de su after save.

Es en ese momento cuando comienza el día para Marina. Se levanta despacio como temiendo que se levanten con ella las pesadillas de la noche. Hace una parada en el baño y después desayuna.

La encontramos ahora en ese instante. Porque Marina sigue este ritual todas las mañanas de lunes a viernes. El sábado y el domingo son otra cosa. Pero de lunes a viernes, a esta hora de la mañana, Marina está desayunando en la mesa de la cocina.

Tiene la mirada perdida porque aunque su cuerpo está allí sentado comiendo las tostadas y el café que se prepara cada mañana de lunes a viernes, su mente y con ello la propia Marina se encuentran lejos, muy lejos de la silla en la que está sentada.

 Marina se encuentra lejos, muy lejos, soñándose en otro lugar, en otra vida, en otra casa y en otra cocina mientras su cuerpo ingiere por sí solo, a fuerza de hacerlo cada día de lunes a viernes, las tostadas y el café.

Marina se encuentra tan lejos que a veces cree que no va a encontrar el camino de regreso a su cuerpo y se imagina ingrávida y sin nada que la ate a este vida y este mundo.

Ella está lejos pero su cuerpo, que continúa en el mismo lugar y en la misma posición en  que lo dejó, le dice que está sola en la casa. Luis se ha ido al trabajo dejándola completamente sola para enfrentarse al día que le estalla en los ojos a través de la ventana. Marina teme al día casi más que a la noche. Le teme a muchas cosas pero lo que más teme es a esa soledad que la luz hace tan evidente. Marina teme esa soledad que comparte consigo misma. Se teme, o más bien teme esa parte de ella que le recuerda su pasado en los momentos en los que se descuida y baja la guardia. 

Tiene miedo de los perros negros de sus pesadillas a los que ha tratado de enterrar hace tiempo. Tiene miedo de que despierten y le persigan para llevársela con ellos a ese oscuro lugar del que salieron una vez. Al pensar en los perros negros, como llama ella a sus pesadillas del pasado, ordena a su cerebro, desde el lugar en el que se encuentra, que sus ojos miren sus muñecas, allí donde aparecen dos líneas blancas sobre la piel rosada. Sus ojos obedientes mandan esa información al cerebro y su cerebro,que es la cuerda que une a Marina con su cuerpo, le transmite el mensaje. 

Así que aunque Marina se encuentre lejos, muy lejos, puede ver, con los ojos de su cuerpo, esas marcas de su pasado y de su vergüenza.

Hace ya tiempo que no piensa en sus perros negros pero un hecho sin importancia sucedido el día anterior le ha recordado aquellos tiempos. Marina está sola en la cocina. Se encuentra lejos, muy lejos. Piensa en su vida y por eso esta mañana se encuentra tan lejos de su cuerpo mientras él, a fuerza de hacerlo cada día de lunes a viernes, ingiere las tostadas y el café todavía en camisón y sobre éste una bata rosa. 

La bata rosa no es casual. El cuerpo de Marina lleva puesta la misma bata rosa que llevó su madre cuando fue a darle a luz. Es la primera prenda que Marina, todavía con los ojos cerrados, olio de su madre. Es ese olor de la bata y la leche del pecho de su madre el olor por el cual se rigen todos los olores de la vida de Marina. Marina clasifica los olores en dos categorías. Los de su niñez y los de su vida actual. Para Marina todos los olores de su niñez son olores buenos. Son olores que le transmiten seguridad y le recuerdan a los días cálidos en los que ella se sentía feliz. Así pues el olor de la bata de su madre, el de la leche con cola cao, el de los cipreses y el jazmín de la casa de campo de sus abuelos, el de las naranjas que su abuela le preparaba para merendar, el olor de la leche en polvo que desayunaba siempre su abuela, el del café con migas de pan que desayunaba su abuelo, el olor a cerrado de las muchas habitaciones de la casa de sus abuelos, el olor a recién duchado de su padre, el del perfume de su madre,  el olor que tenían los juguetes nuevos y el de los muñecos viejos, el olor de los libros nuevos recién comprados con su padre,el olor del ajo de la boca de su madre. Todos esos olores son los que pertenecen a la categoría de los de su niñez. Son, por tanto, olores buenos. 

El olor del tabaco, el olor de la menstruación, su menstruación, el olor del polvo de las habitaciones de la casa de su madre, el olor del perfume que empezó a usar su madre cuando se divorció de su padre, el olor a mujer barata del cuerpo de su padre, el olor de la comida china de la casa de su padre, el de los canelones congelados de la casa de su madre, el del alcohol del aliento de su padre, el del semen, el del after save de Luis. Estos son para Marina olores malos porque forman parte de su vida actual y a Marina su vida actual no le da seguridad ni se siente feliz en ella.

El cuerpo de Marina se abriga con la misma bata que llevó su madre cuando apareció en el mundo por primera vez. Encontró esa vieja bata rosa en casa de su abuela una vez que fue a visitarla y estuvo trasteando por los armarios. Estaba olvidada y ella la rescató del fondo de aquel viejo armario que amenazaba con derrumbarse polillas incluidas. Desde ese día ya no se la ha vuelto a quitar. Esa bata, y el olor de su primer día en este mundo, que Marina aún cree percibir en ella, son lo único que le une a la mujer que le dio la vida.

Al llevar esa bata Marina se rinde tributo a sí misma porque es la bata que la vio nacer y con ella puesta invoca a su madre viva. El cuerpo de Marina lleva la bata y ella se siente madre e hija en una gracias a esa prenda.

Pero volvamos con Marina. Nos hemos dejado su cuerpo en la cocina ingiriendo el desayuno mientras Marina se encuentra lejos, muy lejos. 

Tan lejos se encuentra que no se percata de que Belbo, el gato que vive con ella, lleva rato enroscándose en sus piernas reclamándole su ración de desayuno.

También este acto tan íntimo de ellos forma parte de la rutina de sus vidas. De la de ambos. 

Habíamos dicho que Marina estaba sola en la casa, sin tener en cuenta a Belbo, porque para Marina Belbo es una prolongación de sí misma en forma de gato negro. Belbo vive  escondido y agazapado en su mundo privado de rincones y pelusas hasta que Marina lo invoca con el pensamiento o hasta que Belbo tiene hambre o sed. Ambos siguen una rutina muy similar que se une en los momentos del desayuno, la comida, también comen juntos, y la noche, cuando Belbo y ella intercambian caricias antes de volver a su mundo de rincones y pelusas. 

Llevan juntos doce años, los mismo que Marina lleva con Luis y sin embrago Belbo se ha adaptado a la vida de Marina con la misma facilidad que ella se adaptó a la vida de él mientras que Luis y ella nunca lo han conseguido de la misma manera. Marina y Luis se soportan y conviven y algunas noches se acuestan y todas las noches, de lunes a viernes, duermen juntos en la misma cama, pero fuera de eso no compartan nada más. Y por tanto no tiene que adaptarse en ninguna otra situación.

A Belbo le parece que Luis es un invitado cortés en su casa y él es el propietario que le permite instalarse de lunes a viernes, y hoy es lunes. Los sábados y los domingos es otra cosa

Marina piensa lo mismo.

Continúa Belbo reclamando su desayuno y le pone la pata sobre el regazo. Si Marina no supiera con certeza que es un gato pensaría que es un perro porque se comporta como tal cuando tiene hambre. Maulla en lugar de ladrar pero el resto es igual. 

Marina regresa a su cuerpo ante la insistencia de Belbo, regresa a su casa y a su cocina. Marina vuelve a estar sentada en la silla con los restos del desayuno sobre la mesa.

Mira a Belbo que hace rato que le observa a sus pies con esos ojos que a Marina le parecen de lagarto. Se levanta mientras él le deja hacer sin apartar sus ojos de lagarto de ella. Confía en Marina y sabe que jamás le dejará de preparar el desayuno, a cambio él le entrega un amor incondicional y la atención que cree que no le da el invitado que vive con ellos de lunes a viernes. Es una relación justa y equilibrada.


2 comentarios:

HArendt dijo...

Tengo cinco gatos en casa. Cada uno es distinto, tiene su propia personalidad, sus propios gustos culinarios, sus manías, sus lugares de descanso y para dormir... Ni mi mujer ni yo sabríamos vivir sin ellos. Mi nieto pequeño, cuando viene a casa, se abraza a Pep (el único mcho), lo estruja, lo aplasta y le mete los dedos en las orejas, y él, pan bendito, se deja hacer de todo con paciencia franciscana... A veces se llega a pensar que son "mejores" que algunas personas; desde luego, sí más fieles...
Saludos desde mi pequeña isla en medio del mar.

Dolita dijo...

harendt: Comparto mi vida con gatos desde que tengo ocho años. Al principio ellas (hembras) cuidaban de mi, ahora que soy adulta, me han otorgado el papel de ser su madre. No concibo la vida sin sus caricias y la complicidad de nuestras miradas. Soy gata, igual que ellas, pero poseo los defectos de compartir esa naturaleza animal con la de las personas. Ellas nunca me hubieran dejado...