martes, 28 de octubre de 2008

Te recuerdo risueña

Una historia antigua, de un amor antiguo, ya caduco, pero los recuerdos nos sorprenden como fantasmas en las esquinas más oscuras y a altas horas de la noche.


Te recuerdo risueña, joven y coqueta…


La primera vez que te vi por los pasillos de la facultad donde yo daba clases apenas llamabas la atención. Delgada, de estatura más bien corta, pelo castaño cobrizo, pero mis ojos, acostumbrados a ver más allá de lo puramente obvio, te descubrieron enseguida. 

Llevabas puesto unos pantaloncitos de tela, de esos que quedan ajustados hasta los tobillos y una camiseta azul marino que se ceñía a tu silueta insinuando cada una de tus suaves curvas. Pasaste por mi lado y tú, tan risueña como eras ni siquiera reparaste en que te estaba observando. Me fijé en tus mocasines azules coronados con un gracioso lazo blanco. Llevabas uno desatado y quise agacharme y atártelo en ese momento y para siempre. No me atreví.

Después te descubrí en mi clase y me imaginé explicando la lección sólo para ti; para tus oídos. En mi preñada imaginación fui tu maestro, tu mentor, tu héroe, tu inspiración….Semanas después dejaste de asistir y volví a ser de nuevo el profesor de toda la clase que había sido siempre.


Me elegiste como director para tu proyecto final de carrera y en la rutina de mis días dejé entrar una variante; te dejé entrar a  ti.

No fuiste la mejor alumna, ni siquiera del grupo de los mejores y presentaste tu proyecto fuera de plazo. 

Lo tuve en mis manos para puntuarlo y lo sostuve con delicadeza, como si fuera un tesoro por ser tuyo.

Te puntué un siete pero en mi empeño por ser un profesor recto y justo te bajé la nota un punto.

Lo recibiste sin mostrar sorpresa o desconcierto. Acataste sin más ese seis con el que secretamente te castigué por privarme de tu presencia en mis clases.

Decidí acercarme a ti e improvisé una reunión en mi despacho para comentar el proyecto.

Te dejaste conducir sin oponerte, sin objetar y cerré la puerta tras de ti.

Te quedaste de pié y me miraste desafiadora. Yo te observé sentado desde la posición que me ofrecía mi silla. Ese día llevabas una camiseta que dejaba ver tu ombligo enmarcado con un aro tan a la moda. Una moda por otro lado que yo no entendía.


-Siéntate.


Tomaste asiento con una brusquedad impropia de una chica. Tenías clase y en ocasiones hacías gestos de lo más vulgar. 

Siempre he sabido catalogar a las mujeres por su forma de vestir, de hablar o de moverse. Como gran sibarita que soy me gustan las cosas buenas y las mujeres elegantes y guapas. Tú me tenías desconcertado.

Hablamos de tu proyecto, de tus proyectos futuros, de tus sueños.

Te dejé hablar para saber cómo te expresabas. Nunca antes habías hablado en ninguna de mis clases. 

Así como estaba, escuchándote tuve la excusa para observarte detenidamente: el color de tus ojos cambiantes, de gris a azul y luego a verde, tu nariz recta, tu boca pequeña, tus manos de dedos largos. Aprobaste mi examen privado y esta vez no te resté ningún punto.

Mientras me explicabas algo que ya no recuerdo viré la conversación hacia otros temas. Quería saber de ti y tú respondiste a cada una de mis pequeñas trampas justo como esperaba. Hice un comentario acerca de los pearcing y los tatuajes sólo para que hicieras eso que hacéis los jóvenes de enseñar de cerca aquello de lo que habláis. Quería ver de cerca tu ombligo y mucho más.

Me sorprendiste al confesarme que tenías varios tatuajes que mi experto ojo de voyeur no había sabido descubrir. Te los habías hecho tú hace algunos años. En ese momento imagine que no muchos años atrás porque te juzgué joven, muy joven. Me equivoqué en eso y en muchas cosas más.

Cuando quise saber dónde tenías esas marcas en tu piel me dijiste pícara que estaban en partes de tu cuerpo donde sólo podían verlas aquellos que tú quisieras.


Marta….me derretí en ese momento.


Para un hombre de mi edad escuchar esa velada provocación es tanto o más como beber del manantial de la eterna juventud. Hace 43 años convivo con y en mi cuerpo y alguno menos que he aprendido a interpretar todos los estados físicos por los que paso y tras tus palabras  lo que sentí fue una gran punzada de deseo en mi entrepierna.

Seguimos hablando largo  rato y conseguí convencerte para invitarte a un refresco en un bar cercano. Te descubrí gran conversadora, locuaz  y, para mi sorpresa, elocuente. Aún me gustaste más.

Llegó el turno de la pregunta clave. Te la hice y asentiste. Tenías novio y desde hace nueve felices años.

También yo tenía novia, nada serio, nada estable,  aunque no me lo preguntaras ¿No sentiste curiosidad? ¿O acaso no entendiste mi juego?

Pero sí debiste darte cuenta en tu infinita sabiduría porque fuiste tú y no yo quien fue tejiendo poco a poco los hilos de nuestra historia.


Te convencí una vez más para vernos con el pretexto de ofrecerte un trabajo  de becaria en mi departamento que luego olvidé convenientemente y tú no quisiste recordar. Me aventuré, aún a riesgo de sonar demasiado evidente, y te invité a cenar.

Te recogí en mi mercedes a una manzana de tu casa. No querías que tus padres te vieran subir a mi coche.

Con el propósito de deslumbrarte te llevé a un buen restaurante, uno de moda al que me gusta llevar a mis citas. Me siento cómodo allí pues tanto los camareros como el maitre me conocen y respetan. Me puse para la ocasión una camisa de Zegna y unos pantalones Armani que, he de reconocerlo, me sientan realmente bien.

Tú llevabas un vestido largo hasta los tobillos con dos cortes laterales que insinuaban algo más que las rodillas. Estabas preciosa.


Durante la cena hablamos de música, de arte, de literatura. 

Tengo preparado un repertorio de temas que utilizo siempre en mis citas con preguntas y respuestas que me hacen sentir cómodo y relajado porque me permiten llevar el peso de la conversación sin esfuerzo.

Estuviste habladora pero distante. En un momento dado traté de acercar mi mano a la tuya pero no te diste o no quisiste darte cuenta.

Después de la cena te llevé a un local de copas con actuaciones de jazz en directo. Tú no bebías, me dijiste, y de pronto me encontré yo solo bebiendo ron en un local vacío -esa noche no había jazz en directo- de no ser por el camarero que estaba detrás la barra y acompañado de una de mis ex alumnas que no aparentaba tener más de 20 años. La imagen que percibí de mí mismo en ese instante me repugnó. Casi podría ser tu padre…

En ese preciso momento tú me cogiste de la mano. Primero un leve toque, como una mariposa posándose suave sobre una flor y después sentí la presión de tus largos dedos entrelazándose en los míos.

Me miraste a los ojos escrutándome seria, impasible, segura de ti  y creí entender muchas cosas.

Todo ese tiempo en el que pensaba que yo llevaba las riendas habías sido tú quien con tus palabras y silencios y con cada uno de tus pequeños gestos estudiados dominabas el momento. Me sentí un muñeco entre las manos de una niña-mujer mucho más peligrosa que cualquiera de las mujeres con las que había estado hasta ese momento.

Me dijiste que querías convertirme en tu amante. Esas fueron tus palabras exactas. Sin prolegómenos. Así, directamente y de manera súbita me hiciste esa proposición. Me desmontaste y me rendí a tus pies.

Aquella noche me dijiste también que me dirías cuando y cómo sería nuestra primera vez. Yo estaba en tus manos y a tu merced.

Te llevé a casa como me pediste y quise recuperar el control de lo que empezábamos a tener. Te propuse otra cita, esta vez un concierto   para el día siguiente. Sí, fue tu única palabra antes de salir de mi coche y entrar definitivamente en mi vida.


El concierto, de un cantante brasileño que me agrada, era en un recinto al aire libre. Esta vez acudirías allí directamente. 

Nos encontramos en el lugar pactado y la sonrisa con la que me recibiste me derritió. Llevabas puesta una falda muy corta que me permitió ver algo más que tu proporcionada anatomía. 

Traías contigo un bolso de mimbre que me recordó enseguida a un viaje que realicé con mi ex mujer a Cuba. Porque sí, yo había estado casado. Allí compramos varios bolsos de aquellos para algunos amigos.

En cierto modo tú me recordabas bastante a ella y aunque sois diferentes tenéis ambas la misma mirada que os hace ser tan especiales. Presentí, en ese momento, que contigo iría al fin del mundo.

Durante el concierto me dejaste cogerte la mano e incluso pude descansar mi mano en tu regazo. Ay Dios! A la vez que tú disfrutabas de la música yo tenía mis sentidos concentrados en esa mano sobre tu regazo mientras el corazón me palpitaba con fuerza en la entrepierna.

Terminó el concierto. Te había encantado me dijiste. ¿Te llevo a casa? Te pregunté. Quiero dormir contigo. Fue tu respuesta. Y en silencio, casi sin mirarnos te conduje a mi casa y a mi dormitorio.

Cuido mucho los detalles y siempre tengo junto a mi cama, para las ocasiones que lo requieran, unas guirnaldas de luces rojas con las que me gusta sorprender a mis conquistas.

Te senté sobre la cama y lentamente te fui desnudando con la suavidad con la que se desnuda a un niño. Tú te dejaste hacer.

¡Qué bonita estabas sin más prenda que las sandalias que te había dejado conservar anudadas a tus tobillos! Me deleité en la contemplación de esa imagen. Parecías tan joven, tan ingenua, tan vulnerable.

Hinchado de amor como estaba me desnudé también y así como estábamos te abracé y acuné mientras iba besando tus labios, tu cuello, después tu pecho firme y bien formado, tu ombligo, tus caderas, tu sexo.

Estabas húmeda y eso me complació de una manera que ni imaginas. Te penetré suavemente, casi con miedo a hacerte daño y tú recibiste el envite abriendo tu boquita rosa y dejando escapar por entre tus dientes un suspiro que me erizó el vello y me precipitó el deseo.

La primera vez que un hombre seduce a una mujer se siente poderoso, fuerte, seguro de si mismo. Es un triunfo, una conquista ganada a la voluntad de ella.

Contigo me sentía ganador y ganado. No fui yo sino tú quien me conquistó a mí. Fuiste tú la que me derrotaste en el primer combate. No me diste tregua y caí vencido a tus brazos y me encadenaste a tus besos y a tus caderas.

Dormí abrazándote toda la noche, protegiéndote a ti, mi niña, de los peligros exteriores olvidándome que yo mismo pretendí ser un lobo para comerte.

No dejaste de moverte en sueños, inquieta y quise meterme en ellos y convertirme en su protagonista.


Me desperté temprano, tenía que asistir a un claustro de profesores que duraría, por lo menos, un par de horas. Te pedí al oído que me esperaras durmiendo, mi bella durmiente. Te prometí prepararte el desayuno a mi regreso. Y cerré la puerta de mi castillo para guardar con el celo de un amante loco de amor el tesoro que escondía, mi tesoro, mi niña; Tú.

No se cuando debiste despertar pero puedo imaginarlo por las pistas que dejaste; una toalla aquí, mi cepillo con un cabello tuyo enredado, el espejo del baño aún con las lágrimas no contenidas al reflejar tu cuerpo desnudo y humeante, un vaso sucio en el fregadero, tu ausencia y una nota escrita. Unas únicas palabras dejadas sin orden sobre el mármol de la cocina. 


Gracias por el cola cao. 


Ay mi niña!. Habíamos pasado juntos una noche entera de amor y tú lo único que supiste decirme fueron esas únicas palabras. Cuánto te quise en ese momento, bruja!. Cómo me hechizaste con tus desplantes ahora y al momento siguiente tus explosiones de cariño.


Te esperé ese día y el siguiente y no tuve noticias tuyas. 


Ese día me dediqué a hacer recados, cosas pendientes, reuniones con alumnos suspendidos para septiembre, reuniones con el resto del profesorado pero lo hice todo como un autómata porque con tus palabras te habías llevado mi voluntad.

Tardé un día más en saber de ti. Me llamaste. No me habías dejado tu número de teléfono porque ahora se que desde el principio quisiste ser tú la que marcara los tiempos. Unos tiempos largos en ocasiones o rápidos en otras. Caprichosos. Caprichosa hacías y deshacías a tu antojo y yo me dejaba.

Nos volvimos a ver una tercera vez, de nuevo en mi casa  -tú aún vivías con tus padres- que se convirtió en nuestro refugio; en el único refugio para nuestro amor que tuvimos.

Te hice el amor otra vez y otra. Tú parecías no tener suficiente y yo me esforcé al máximo por complacerte pero la edad no perdona y aunque en mi juventud he sido un amante fogoso el pasar del tiempo nos premia con sabiduría pero nos castiga con laxitud.

En uno de los descansos que hicimos para tomar aliento, exhausto yo, encendida tú, te estreché en mis brazos y te hice un refugio entre mi cuerpo. Lo aceptaste. Te dejaste hacer y fui regalándote al oído todas las palabras bonitas que tu cuerpo, tu olor, tu juventud y tu frescura me inspiraban. Yo como estaba, lleno de ternura y paz, no supe ver la llegada de tu aguijonazo. 


-No te enamores de mí. 


Esas palabras tuyas me explotaron de improviso en mi ánimo encendido. Me hiciste trizas y deshiciste con tus dedos y tus palabras toda la magia que yo había creado para ti.

Te odié. 

No soy un hombre de grandes pasiones, muy al contrario, pero me permití odiarte por lo mucho que te estaba empezando a querer.

¿Acaso no te diste cuenta de la crueldad de tus palabras? No te enamores de mi porque yo sólo te quiero como amante. ¿Entendías bien el significado de lo que me estabas pidiendo? ¿Pensaste en algún momento cómo esas palabras desmontaron toda la vida que tenía hasta entonces?. Sí, estoy seguro de que sabías perfectamente lo que estabas haciendo. No eras tan joven como te juzgué al principio, ni tan niña, ni tan ingenua. De nuevo me fui enredando más y más en las finas cadenas de tu caprichosa voluntad.


Tenías novio como me dijiste al principio y no querías dejarlo. Eran muchos años y te sentías segura a su lado. Él era un chico de tu edad con el que habías crecido y madurado y yo un hombre maduro, 17 años mayor que tú con muchas experiencias vividas, un divorcio y una relación de pareja que dos años atrás ya hacía aguas y ahora era un mero acuerdo formal al que estábamos sometidos por cuestiones puramente prácticas mi novia y yo. De hecho ella vivía en otra cuidad con los hijos de su anterior matrimonio y tenía otra casa y otra vida. Yo sólo la veía algún fin de semana cuando ambos extrañábamos el calor de un cuerpo conocido.


Fueron pasando los días y las semanas y yo era feliz cuando me regalabas tu compañía, tus besos y tus caricias. Luego te ibas. Siempre eras tú la que decía cuando terminar nuestro tiempo compartido y yo me quedaba solo con esa sensación de pérdida que me ha acompañado siempre desde que te conozco. Porque te perdí. Siempre supe que no fuiste para mí aunque yo te pertenecí desde el principio con todo mi ser.

Me acostumbré a tenerte en mi vida, a pensarte y a contemplarte cuando me regalabas con tu visita y a recordarte con nostalgia en los momentos que no estabas.

Me descubrí distinto de cómo me creía. De todas las mujeres con las que he estado, y te aseguro que fueron muchas, tú, mi bruja, fuiste la única que me reveló aspectos de mi mismo que no conocía.

Tuve celos de tu novio, de su juventud, de su vigor. Lo envidié por todas las veces que gozaba contigo y tú con él. En mi desesperación te pregunté en una ocasión  si yo era mejor amante que él y tu respuesta me partió el alma y el orgullo de macho alimentado año tras  año, mujer tras mujer.

Él era mejor porque te hacía vibrar una y otra vez según me contaste. Y yo, tonto iluso, que pensé saciaba tu apetito voraz, me descubrí torpe e inseguro.


Por aquel entonces mi ánimo estaba muy decaído. Tras una tarde de besos y carantoñas te revelé mi amor y tal vez la desnudez de mi cuerpo incitó a desnudarme el alma y te pedí, casi fue un ruego, que dejaras a tu novio y vivieras conmigo. 


-Cásate conmigo. Quiero tener un hijo contigo. 


Se me desbordaron todas esas palabras tanto tiempo retenidas y tras ellas las lágrimas.

Me viste expuesto y desnudo y te encerraste en tu concha como solías hacer y te volviste fría, tanto que se me heló el alma. Me dejaste ahí solo, roto de amor y te fuiste a encontrar la seguridad que decías tener en los brazos del otro.

Decidiste esconderte de mi porque durante semanas no contestaste a mis llamadas - por aquel entonces ya había conseguido tu teléfono- ni respondías a mis mensajes. Te habías desvanecido otra vez.


Empezaron las clases y con ellas la rutina de mi vida. Mi novia estaba atravesando la crisis de los cincuenta –era mayor que yo- y me emplazaba casi todos los fines de semana para ir a verla, y yo acudía para recobrar la parte de mi mismo que le dejé antes de conocerte.

Los fines de semana que no nos veíamos solia salir con mis amigos a tomar copas y sí, a buscar mujeres. Porque durante ese tiempo te fui infiel. Te fui infiel porque tenía que recobrar mi ego, quería recuperar la vida de caza y conquista que tenía antes de que te enquistaras en mi vida y que tan bien y seguro me hacía sentir.

Durante ese tiempo estuve con muchas mujeres. Mayores que tú, más jóvenes que yo. Muchas muy guapas, algunas más que tú. Las hubo con carreras, de buenas familias, casadas, solteras, rubias, altas, morenas…

Algunas amantes excepcionales... pero ninguna eras tú.

Ninguna tenía la frescura de tus labios, ni poseía la suavidad de tu sexo o la profundidad de tu cuerpo…Todas ellas, sin excepción, fueron complacientes conmigo, expertas, la mayoría, en la intimidad de un hombre y una mujer. Sin embargo a mi me faltaban tus caricias frías y calculadas, tus palabras derramadas como agua helada, tus besos cálidos y húmedos, tu sonrisa a medio camino entre la burla y la risa de un niño, tus ojos. 

Necesité más que nada en el mundo volverme a perder en la profundidad de tus ojos grises y refugiarme en ellos sintiéndome un niño indefenso.

Te quería y te necesitaba como la pieza de un puzzle incompleto; el puzzle de mi vida.

Cuántas veces me imaginé empezando a vivir de nuevo contigo siguiendo la cola de tu juventud y sintiéndome yo también joven. Me vi  siendo tu esposo e imaginé a nuestros hijos. Te vi llevando en tu vientre los hijos que nunca tuve.


Un día cualquiera apareciste otra vez en mi vida. Estabas más guapa, más adulta, mas serena.

Dijiste que regresabas para quedarte y aunque tus ojos me dijeran lo contrario te abrí las puertas de mi casa y de mi corazón dolido y hastiado. Y de nuevo me embargó el sentimiento de pérdida que siempre me acompañó mientras te tuve.

Fue una época extraña, llena de altibajos emocionales y noches enteras de pasión hasta quedar exhausto yo, insaciable tú y culpable yo por no poder o no saber tocar las notas de tu lujuria.

Leímos mucho ese tiempo porque te gustaba compartir mimosa sobre mi regazo la lectura de algún buen libro para después, una vez saciado tu necesidad de cariño, dejarme encendido y frustrado y alejarte como una gata arisca para encerrarte en el rincón de tu corazón donde huías, cada vez más a menudo, y desde donde me costaba cada vez más encontrarte.

Durante ese tiempo continué con las clases y las reuniones de claustro mientras tú, que habías elegido recluirte y alejarte del mundo y de tu familia, a la que nunca me permitiste conocer, y de tu novio, del que me habías contado demasiadas confidencias, vivías encerrada mi casa. 

Te hice un hueco en mi armario e incluso te permití acomodar tus libros –nunca tuviste buen criterio para la lectura- junto a los míos.

Esperabas siempre mi llegada recostada en el sofá de la sala con tu sonrisa pícara y la mirada perdida en los entresijos de tu pensamiento y tu corazón, sólo tú sabías dónde estabas en esos momentos.

Me acostumbré a tenerte en casa y a encontrarte en ella a la salida del trabajo. Me acostumbré a sentirte respirar a mi lado mientras dormías y soñabas. Soñabas mucho y me sorprendía la claridad con la que luego lo recordabas. Me gustaba despertarte y sentir tu cuerpecillo tibio de sueño al despertar..

Hubo días que te dejé durmiendo por las mañanas porque te volviste perezosa y contestona y yo, antes de disgustarte, preferí dejarte tranquila y cuando regresaba por la tarde todavía continuabas enredada en las sábanas.

Fueros días felices y agridulces. Plácidos y tormentosos pero yo te amaba locamente.

En la facultad nadie sabía nada de lo nuestro. Tampoco se lo dije a mis amigos. Por supuesto dejé de visitar a mi novia a la que tampoco le dije nada ni ella preguntó. Puede que para entonces ella hubiera encontrado otros brazos en los que reconfortarse.

Te convertí en mi secreto, mi niña caprichosa, mi amante exigente, mi dulce amada, sin darme cuenta de que poco a poco te estaba perdiendo.


Recuerdo particularmente bien una tarde que no me recibiste a mi llegada como teníamos costumbre. No estabas en casa. Pasé horas dando vueltas por todas las habitaciones enfermo de preocupación. Cuando regresaste tenías las pestañas húmedas de haber llorado. Te pregunté dónde habías estado y esquivaste la mirada. ¿lo recuerdas? No te insistí pero por la noche te acercaste a mi lado de la cama –te gustaba dormir muy separada de mi- y llorando me confesaste que habías pasado la tarde con tu novio. 

No me dolió el hecho de que te acostaras con él tanto como me dolió el que todavía lo llamaras novio. ¿Qué era yo para ti entonces? ¿Seguía siendo sólo tu amante? ¿Y en qué clase de amante me convertías si te ibas buscando su abrazo?

Entonces me encendí de celos, de ira y, por qué no decírtelo, también de deseo. Esa noche te penetré violentamente y me vacié en tus entrañas mientras forcejeabas y me suplicabas que no lo hiciera. Habías dejado de tomarte la píldora pero yo sabía que no querías quedarte embarazada. Aún así seguí haciéndotelo varias veces esa noche, tantas como me permitió el cuerpo sin importarme tus lágrimas ni tus quejas.

Cuando me vacié del todo me separé de ti tan bruscamente que hasta me hizo daño. Te dejé llorando en silencio en tu rincón de la cama, sin moverte apenas, hasta que caí dormido en un sueño profundo y pegajoso.

Esa noche quise herirte y castigarte por no quererme de la misma manera que yo te quería. Te doblegué por todas las veces que me hiciste sentir indefenso y a tu merced. Te provoqué dolor por todas las veces que me sentí ultrajado por tus palabras y comentarios cuando te hacía el amor.

Aquella noche supuso el principio de la tormenta que no tardaría en desencadenarse.


No supe darme cuenta a tiempo y no quise ver los signos aparentes de tu decaimiento. Ahora me doy cuenta de lo egoísta que llegué a ser cuando pienso en cómo te marchitabas a mis ojos, sin yo verlo, entre las paredes del castillo que construí para ti.

No supe interpretar la sombra violácea de tus ojos, ni las huellas de lágrimas en tus mejillas. Desapareció tu sonrisa pícara y tus labios se tornaron dos finas líneas sin expresión.

Te estaba perdiendo sin saberlo y te estabas perdiendo en el huracán de tus sentimientos. Pero nada de eso fui capaz de verlo hasta mucho tiempo después porque cambiante como era tu carácter volviste a huir de mi lado.

Sí, una tarde al regresar de clase ya no estabas. No había nadie esperándome recostada en el sofá de la sala. Tu ropa ya no estaba en el lugar que te dejé en mi armario y tus libros ya no compartían hueco con los míos. Te lo llevaste todo y me dejaste tu ausencia y sobre la mesa un dibujo a lápiz hecho por ti. Porque según me dijiste alguna vez te gustaba dibujar. Yo nunca te había visto hacerlo así que di por sentado que no hablabas en serio, como en muchas otras cosas, pero ahí, en el papel, habías dibujado un hombre desnudo cuyo rostro aparecía girado y dando la espalda abrazando con sus brazos y su cuerpo a una joven que me miraba fijamente a los ojos mientras se abrazaba el vientre hinchado. Tuve que admitir que eras buena dibujando y tenías técnica e incluso llegué a preguntarme en qué otras cosas serías buena como me dijiste y no te quise creer. Me aplastó la certeza de que  jamás lo podría comprobar. 

Pero lo que verdaderamente me impactó fueron las tres palabras manuscritas que habías dejado grabadas. 


"No lo entendiste".


Efectivamente no te entendí hasta ahora, varios años después. Porque entonces conseguí enterrar en el fondo un dolor quedo y sordo que no me permití aflorar hasta hoy mismo. Pero en ese tiempo de pérdidas y dolor lloré por mí; por privarte de mí; por no saber cómo llenar el vacío que tu ausencia me había dejado. Lloré por los momentos vividos y las palabras no pronunciadas. Lloré por nuestros silencios. Lloré por el dolor de mis brazos huérfanos de tu cuerpo. Me vi solo y abandonado y lloré.


Después de todo ese tiempo aún conservo ese pedazo de alma tuya que me regalaste y no supe entender entonces. 

Hoy, después de todo este tiempo, he vuelto a recordarte tal y como te conocí; tan niña-mujer, con esa mirada tuya tan sabía y profunda con la que solías mirarlo todo. 

Te he escuchado llamarme en mi pensamiento y he recordado cómo era tu voz, tus palabras, tu risa y me he preguntado qué habría sido de tu vida ¿Eres feliz? ¿Volviste con tu novio? ¿Te has casado? ¿Has tenido los hijos que quise darte? ¿Qué fue de aquella joven de tu dibujo?

Entonces te he visto en mi memoria. Por primera vez te he visto llorar amargamente, desconsoladamente por todas las veces que trataste de explicarme lo triste y perdida que te sentías y yo, obsesionado con mi propio dolor y tristeza no supe verlo. Te he escuchado pedirme espacio, no sólo en mi armario sino también en mi vida. Por primera vez te he oído llamarme egoísta y lamentarte de haber sido tan sólo una ecuación más en mi vida.

Te he sentido triste, perdida, asustada y prisionera.

Ahora me doy cuenta, Marta, de que te amé sin amarte,  yo te asfixié de tanto como te quería. Ahora comprendo que de verdad me quisiste y que siempre anhelaste tener la vida que nos gustaba imaginar; un matrimonio, hijos…Pero olvidé que yo te llevaba ventaja en la vida y estaba de vuelta. Tú acababas de empezar.

Te asfixié y por eso huiste, no me dejabas a mi sino que lo hacías para vivir tú.

En tu infinita sabiduría comprendiste que yo jamás te permitiría salir del exiguo espacio que te había reservado en mi corazón. Te exigí demasiado y te di a cambio  muy poco. Te pedí que fueras alguien que no eras. Que te mantuvieras en el lugar de mi vida en el que yo te había colocado. No fuiste tú la fría y distante mujer que te inventé sino yo el que no quiso darte y darse más. Fui yo el que te obligué a mantenerte siempre en la distancia.

Entraste en mi vida sólo hasta donde yo te permití hacerlo y decidiste huir para ser libre.


Hoy, al recordar nuestra historia he llorado. He llorado mucho por ti y por el daño que te hice; por el daño que me he hecho. He llorado por nosotros; por la vida que no nos permití tener, por las palabras que no logré decirte entonces y como dardos envenenados se me clavan desde entonces mientras las escribo para ti.


Ahora lo entiendo.

miércoles, 22 de octubre de 2008

El encuentro


Ella sube las escaleras de madera despacio, casi deteniéndose a cada paso tratando de disfrutar de ese momento y de la emoción que le produce estar en ese lugar. Ha hecho un alto en su camino para encontrarse con él y ahora le invaden las dudas.

No hace falta llamar a la puerta, él la espera en el dintel dándole la bienvenida con una sonrisa.

-Entra.- le dice. Y cierra la puerta tras ellos. Las dudas de ella se disipan.

Él la conduce de la mano hasta su dormitorio y ella se deja llevar hasta ese santuario que tantas veces ha construido su imaginación, sin oposición, con la convicción y el deseo pintado en sus ojos. Ella, que siempre ha necesitado tener un guión con los pasos a dar marcados de antemano, ha llegado sola hasta allí después de un largo viaje interior. Durante días imaginó todo el camino que tendría que recorrer y todos los detalles de ese encuentro hasta ese justo momento de entrar en su dormitorio. A partir de ese momento no tiene guión, ni palabras escritas. A partir de ese momento empieza la improvisación. Y no se siente perdida por ello porque a partir de ese momento ella tiene muy claro lo que quiere.

Instantes después intercambian algunas palabras que ella ya ha olvidado porque el recuerdo de lo que estaba por llegar es mucho más poderoso.

Se besan. Un beso dulce, suave. Es el primer beso. Al primero le sigue un segundo y después un tercero y un segundo después se encuentran los dos abrazados sobre la cama y unidos por la boca. Se despojan de la ropa para conocerse los cuerpos pues las almas hace tiempo que ya se desnudaron a cada palabra, a cada carta que intercambiaron cada día.

Se observan los cuerpos amparados por una luz tenue con destellos malva y azules proyectados sobre el techo. Se miden las curvas, se huelen la piel y se exploran los sexos para acabar de entender el misterio que esconden.

Él besa sus pechos y comenta algo acerca de sus lunares. Ella disfruta jugando con los pezones de él en su boca. Le encanta esta parte de su anatomía. Se besan, enredan sus lenguas y se abrazan esta vez con todo el cuerpo hasta que sus sexos se encuentran en ese abrazo.

Ella le mira a los ojos y él lee en ellos la invitación para entrar en el cuerpo de ella, mientras lo hace no dejan de mirarse. No han dejado de hacerlo un instante. Suena una música de fondo que sirve de acompañamiento a los sonidos que llenan la habitación. Son los sonidos de sus cuerpos en ese abrazo tan íntimo que los une; los suspiros de ella, la respiración de él.

Él está dentro y ella siente su tamaño y su fuerza. Su deseo y el de ella se entremezclan mientras sigue sonando esa música que es el eco del mundo exterior. Un mundo que existe en una dimensión distinta al mundo que está encerrado en esas paredes que esconden los secretos de esos dos cuerpos abrazados que sudan y jadean. El mundo contenido en esas paredes es un mundo conjurado por ellos y para ellos donde pueden gozar de ese abrazo íntimo, de ese baile frenético, alejados de miradas indiscretas. Las paredes de ese mundo se llenan con los vapores de sus cuerpos que siguen moviéndose sin descanso hasta caer exhaustos y saciados.

Él le regala su esencia que derrama sobre el cuerpo de ella y ella recibe el regalo con gratitud. Se abrazan sin dejar de mirarse a los ojos tratando de acompasar sus respiraciones y sus latidos. Al sonido de la música se le unen los sonidos cotidianos a través de la ventana entreabierta. Ellos continúan abrazados como si temieran romper el hechizo que todavía les envuelve. Ella mira al techo y él quiere saber en qué piensa. Ella mira al techo mientras contempla cómo se proyecta la luz con destellos malva y azules sobre las vigas de madera. Son siete, exactamente siete vigas. Lo sabe porque las ha contado para no tener que pensar en nada justo en el momento en que él le preguntaba. Ella no quiere tener que pensar en lo que vendrá después de ese instante. Ha llegado hasta allí y no sabe que vendrá después. Ella no quiere pensar y por eso habla. Le cuenta anécdotas de su pasado, de su juventud y él le abraza. Se refugia en ese abrazo. Se miran de nuevo a los ojos y él desea sumergirse en los profundos océanos de ella y ella espera que él bucee en ellos. Se besan y de nuevo el deseo inflama sus corazones. Es infinitamente mejor que tener que pensar en lo que pasará mañana y al otro y al otro...


lunes, 6 de octubre de 2008

01

 Marina está sola desayunando en la cocina. La casa está silenciosa y tranquila. Luis ya se ha ido a trabajar cerrando la puerta  tras de sí. El sonido de esa puerta al cerrarse es la señal para Marina, que permanece en la cama tapada con el edredón hasta la barbilla, para levantarse.

Cada día se despierta con el sonido del despertador de Luis y se arrebuja aún más entre las sábanas. Escucha quieta todos los sonidos matutinos de él. Primero el chorro de su orina al estrellarse contra el váter, luego el agua de la ducha al estrellarse contra su cuerpo, después el sonido de la cuchilla de afeitar golpeando sobre el lavabo. 

Luis se viste en silencio, casi a oscuras, procurando no despertar a Marina a la que cree dormida.

Cada mañana él le besa la frente y ella se deja hacer con los ojos muy cerrados y apretando fuerte el edredón sobre su cuerpo por si a él se le ocurre besar algo más.

A continuación le oye trastear en la cocina preparándose el café. En ese momento Marina se permite abrir los ojos y mirar la hora en el reloj de la mesilla. Ya casi es la hora, pero aún tiene que esperar unos minutos. Se oye el ruido de la puerta de la casa al cerrarse. Luis se ha ido a trabajar y se ha dejado en casa la pesada presencia de su after save.

Es en ese momento cuando comienza el día para Marina. Se levanta despacio como temiendo que se levanten con ella las pesadillas de la noche. Hace una parada en el baño y después desayuna.

La encontramos ahora en ese instante. Porque Marina sigue este ritual todas las mañanas de lunes a viernes. El sábado y el domingo son otra cosa. Pero de lunes a viernes, a esta hora de la mañana, Marina está desayunando en la mesa de la cocina.

Tiene la mirada perdida porque aunque su cuerpo está allí sentado comiendo las tostadas y el café que se prepara cada mañana de lunes a viernes, su mente y con ello la propia Marina se encuentran lejos, muy lejos de la silla en la que está sentada.

 Marina se encuentra lejos, muy lejos, soñándose en otro lugar, en otra vida, en otra casa y en otra cocina mientras su cuerpo ingiere por sí solo, a fuerza de hacerlo cada día de lunes a viernes, las tostadas y el café.

Marina se encuentra tan lejos que a veces cree que no va a encontrar el camino de regreso a su cuerpo y se imagina ingrávida y sin nada que la ate a este vida y este mundo.

Ella está lejos pero su cuerpo, que continúa en el mismo lugar y en la misma posición en  que lo dejó, le dice que está sola en la casa. Luis se ha ido al trabajo dejándola completamente sola para enfrentarse al día que le estalla en los ojos a través de la ventana. Marina teme al día casi más que a la noche. Le teme a muchas cosas pero lo que más teme es a esa soledad que la luz hace tan evidente. Marina teme esa soledad que comparte consigo misma. Se teme, o más bien teme esa parte de ella que le recuerda su pasado en los momentos en los que se descuida y baja la guardia. 

Tiene miedo de los perros negros de sus pesadillas a los que ha tratado de enterrar hace tiempo. Tiene miedo de que despierten y le persigan para llevársela con ellos a ese oscuro lugar del que salieron una vez. Al pensar en los perros negros, como llama ella a sus pesadillas del pasado, ordena a su cerebro, desde el lugar en el que se encuentra, que sus ojos miren sus muñecas, allí donde aparecen dos líneas blancas sobre la piel rosada. Sus ojos obedientes mandan esa información al cerebro y su cerebro,que es la cuerda que une a Marina con su cuerpo, le transmite el mensaje. 

Así que aunque Marina se encuentre lejos, muy lejos, puede ver, con los ojos de su cuerpo, esas marcas de su pasado y de su vergüenza.

Hace ya tiempo que no piensa en sus perros negros pero un hecho sin importancia sucedido el día anterior le ha recordado aquellos tiempos. Marina está sola en la cocina. Se encuentra lejos, muy lejos. Piensa en su vida y por eso esta mañana se encuentra tan lejos de su cuerpo mientras él, a fuerza de hacerlo cada día de lunes a viernes, ingiere las tostadas y el café todavía en camisón y sobre éste una bata rosa. 

La bata rosa no es casual. El cuerpo de Marina lleva puesta la misma bata rosa que llevó su madre cuando fue a darle a luz. Es la primera prenda que Marina, todavía con los ojos cerrados, olio de su madre. Es ese olor de la bata y la leche del pecho de su madre el olor por el cual se rigen todos los olores de la vida de Marina. Marina clasifica los olores en dos categorías. Los de su niñez y los de su vida actual. Para Marina todos los olores de su niñez son olores buenos. Son olores que le transmiten seguridad y le recuerdan a los días cálidos en los que ella se sentía feliz. Así pues el olor de la bata de su madre, el de la leche con cola cao, el de los cipreses y el jazmín de la casa de campo de sus abuelos, el de las naranjas que su abuela le preparaba para merendar, el olor de la leche en polvo que desayunaba siempre su abuela, el del café con migas de pan que desayunaba su abuelo, el olor a cerrado de las muchas habitaciones de la casa de sus abuelos, el olor a recién duchado de su padre, el del perfume de su madre,  el olor que tenían los juguetes nuevos y el de los muñecos viejos, el olor de los libros nuevos recién comprados con su padre,el olor del ajo de la boca de su madre. Todos esos olores son los que pertenecen a la categoría de los de su niñez. Son, por tanto, olores buenos. 

El olor del tabaco, el olor de la menstruación, su menstruación, el olor del polvo de las habitaciones de la casa de su madre, el olor del perfume que empezó a usar su madre cuando se divorció de su padre, el olor a mujer barata del cuerpo de su padre, el olor de la comida china de la casa de su padre, el de los canelones congelados de la casa de su madre, el del alcohol del aliento de su padre, el del semen, el del after save de Luis. Estos son para Marina olores malos porque forman parte de su vida actual y a Marina su vida actual no le da seguridad ni se siente feliz en ella.

El cuerpo de Marina se abriga con la misma bata que llevó su madre cuando apareció en el mundo por primera vez. Encontró esa vieja bata rosa en casa de su abuela una vez que fue a visitarla y estuvo trasteando por los armarios. Estaba olvidada y ella la rescató del fondo de aquel viejo armario que amenazaba con derrumbarse polillas incluidas. Desde ese día ya no se la ha vuelto a quitar. Esa bata, y el olor de su primer día en este mundo, que Marina aún cree percibir en ella, son lo único que le une a la mujer que le dio la vida.

Al llevar esa bata Marina se rinde tributo a sí misma porque es la bata que la vio nacer y con ella puesta invoca a su madre viva. El cuerpo de Marina lleva la bata y ella se siente madre e hija en una gracias a esa prenda.

Pero volvamos con Marina. Nos hemos dejado su cuerpo en la cocina ingiriendo el desayuno mientras Marina se encuentra lejos, muy lejos. 

Tan lejos se encuentra que no se percata de que Belbo, el gato que vive con ella, lleva rato enroscándose en sus piernas reclamándole su ración de desayuno.

También este acto tan íntimo de ellos forma parte de la rutina de sus vidas. De la de ambos. 

Habíamos dicho que Marina estaba sola en la casa, sin tener en cuenta a Belbo, porque para Marina Belbo es una prolongación de sí misma en forma de gato negro. Belbo vive  escondido y agazapado en su mundo privado de rincones y pelusas hasta que Marina lo invoca con el pensamiento o hasta que Belbo tiene hambre o sed. Ambos siguen una rutina muy similar que se une en los momentos del desayuno, la comida, también comen juntos, y la noche, cuando Belbo y ella intercambian caricias antes de volver a su mundo de rincones y pelusas. 

Llevan juntos doce años, los mismo que Marina lleva con Luis y sin embrago Belbo se ha adaptado a la vida de Marina con la misma facilidad que ella se adaptó a la vida de él mientras que Luis y ella nunca lo han conseguido de la misma manera. Marina y Luis se soportan y conviven y algunas noches se acuestan y todas las noches, de lunes a viernes, duermen juntos en la misma cama, pero fuera de eso no compartan nada más. Y por tanto no tiene que adaptarse en ninguna otra situación.

A Belbo le parece que Luis es un invitado cortés en su casa y él es el propietario que le permite instalarse de lunes a viernes, y hoy es lunes. Los sábados y los domingos es otra cosa

Marina piensa lo mismo.

Continúa Belbo reclamando su desayuno y le pone la pata sobre el regazo. Si Marina no supiera con certeza que es un gato pensaría que es un perro porque se comporta como tal cuando tiene hambre. Maulla en lugar de ladrar pero el resto es igual. 

Marina regresa a su cuerpo ante la insistencia de Belbo, regresa a su casa y a su cocina. Marina vuelve a estar sentada en la silla con los restos del desayuno sobre la mesa.

Mira a Belbo que hace rato que le observa a sus pies con esos ojos que a Marina le parecen de lagarto. Se levanta mientras él le deja hacer sin apartar sus ojos de lagarto de ella. Confía en Marina y sabe que jamás le dejará de preparar el desayuno, a cambio él le entrega un amor incondicional y la atención que cree que no le da el invitado que vive con ellos de lunes a viernes. Es una relación justa y equilibrada.